[Opinión] De dejar de hablar de géneros y otras innovaciones patriarcales

Por Nadia Rosso

@nad_ro

Quise ser prófuga de mi género. Pero los custodios impagados del patriarcado me devolvían a él siempre. Se me ocurrió entonces asumirlo como estrategia de lucha: en vez de escapar de él, quedarme, resistir y luchar, desde ahí luchar.

Porque una cosa es renunciar al género en el poder, al opresor: al masculino, lo cual me parece un acto ético que cualquiera consciente de la violencia que emana de esa identidad dotada de poder, debería hacer. Pero renunciar al género oprimido, que sigue hoy en día siendo oprimido, sería una huida. Una huida que conlleva dos problemas graves:

Uno, porque, de ser enteramente posible, representaría un acto de cobardía: me voy de aquí, y las dejo a todas con su problema. Yo, con mis herramientas y posibilidades (de clase, de raza, de estrato, de mil cosas) puedo irme de ahí, y dejo a todas ellas que por su contexto no tienen los medios para hacerlo. Esta postura no me parece compatible con una posición de lucha que busque transformaciones, porque, en todo caso, esas transformaciones serían para mí individualmente, sin alcance para otros contextos diferentes al mío.

Dos, porque aún si quisiera, no puedo huir. ¿Por qué? Porque los custodios del heteropatriarcado dicotómico están en todos lados, son todos los robots generados que están asignándome el género que creen que poseo, todo el tiempo, en todos lados, todo el tiempo.

Yo como lesbiana, sé muy bien que no cumplo con todos los mandatos asignados a las mujeres, es más, no cumplo con casi ninguno: no soy esclava de ningún hombre, no tengo patrón ni marido, no le doy servicios sexuales gratuitos a ningún hombre, ni de trabajo doméstico, ni de reproducción, ni afectivos, ni de cuidado. Tampoco soy madre. Ni femenina. Ni dedico mi existencia a ser aceptada, aprobada, amada, gustada por los hombres. Ni a complacerlos. No soy-para-ellos. Soy-para-mí. No uso vestidos ni faldas ni me plancho el cabello, ni me quito el vello de las axilas. ¿Es esto escapar de mi género? Es más bien, diría yo, desobedecer. Pero desgraciadamente, por más desobediente que yo sea, cuando salgo a la calle, la gente me dice “señorita”, “damita”, “amiga”. Si yo paso frente a una construcción, seré susceptible a que me griten “mamacita”, o alguna otra creativa frase de acoso callejero misógino. En el mundo laboral, sigo percibiendo un salario menor que los hombres. Mis capacidades siguen poniéndose en duda. Sigo sin ser escuchada porque mi palabra no es importante. Sigo siendo tratada como débil y dependiente. Y especialmente, sigo siendo susceptible a la violencia de género: al acoso sexual, a la violación, al feminicidio. Mi vida sigue valiendo menos, mi vida sigue estando en peligro. Aunque no use vestidos, ni tacones. Aunque no me maquille. Aunque le diga a todo mundo que no me hable en femenino. Aunque sea lesbiana. Aunque me vende las tetas. Aunque me pinte un bigote. Porque la asignación de género sigue siendo tan pesada, que cualquier ser humano buscará escrupulosamente descifrar cuál es mi género para poder dirigirse a mí, porque cuando por “error” me dicen “joven”, siempre rectifican, apenadxs: “Señorita, disculpe”. Y cuando me dicen “señorita”, estoy de nuevo en esa posición que prevalece para mi género: soy vista como objeto para los hombres, como objeto sexual sin agencia, sin valor, sin libertad.

Aquí quiero recalcar: es esencial desobedecer los mandatos de nuestro género, todos los que nos incomoden, nos coarten, los que nos de la gana. Eso es primordial para la subversión, para la liberación. Pero identitariamente, si yo lograra huir de mi género, ¿dónde me colocaría para luchar? ¿desde dónde me posiciono para luchar por un género que aun, a pesar de todo, sigue siendo subordinado? ¿me miro como aliada, pero ya alejada de ellas, viéndolas con lástima por seguir ahí adentro? Esto me parece una posición de colonialismo interno (y eso que no quiero aquí entrar en el tema de lo queer como postcolonialista, porque eso da para un artículo más). Me parece estratégico seguir asumiéndome mujer en tanto ésta sigue siendo una identidad genérica subordinada en todos los contextos.

Quiero decir que, considerando las intersecciones otros factores sociales, sigue siendo abismalmente diferente ser obrero que obrera, ser hombre indígena que mujer indígena, ser discapacitado que discapacitada, ser un hombre con VIH que una mujer con VIH, ser gordo que ser gorda, ser homosexual que ser lesbiana, ser trabajador sexual que trabajadora sexual, ser mujer trans que hombre trans… y así ad infinitum. Incluso es muy diferente ser un hombre blanco heterosexual burgués, que una mujer blanca heterosexual burguesa, aún.

Así pues, si no luchamos con esa conciencia, estamos cayendo en una trampa del mismo patriarcado, un patriarcado que muta y se adapta a las nuevas condiciones sociales, pero que sigue siendo un patriarcado voraz que ahora fagocita los discursos queers sintetizándolos en un complaciente: “todos somos personas”. Y sí, todos. Pero no todas.

Pensar que dejando de hablar de las mujeres estamos transformando algo es exactamente lo que ese patriarcado mutante quiere: eliminemos las diferencias en el discurso, pensemos que están superadas, y entonces desaparecerán del mapa las necesidades específicas, las reivindicaciones, las luchas radicales. ¿Qué más complaciente para el patriarcado?

Esto, sin considerar el hecho de que no porque yo diga que los géneros ya desaparecieron, porque yo deje de decir que soy mujer, eso hace que desaparezcan realmente. La asignación de género, como sabemos, no es un acto voluntario. Así como yo no elegí ser mujer, tampoco puedo dejar de serlo por sólo enunciarlo, ni siquiera por desobedecer a sus mandatos.

Tengamos cuidado, pues, en no confundir la práctica de la desobediencia de género, con la desaparición de los géneros y el castigo a quienes aún los consideran como categorías sociales, porque aún lo son.

Los géneros siguen existitendo, y eso no es lo relevante, sino que existen para marcar diferencias profundas en lo social, lo político y lo económico. Así como dejar de asumirme como proletaria no abonaría nada en la lucha de clases, pues se trata de una relación de facto, dejar de asumirme como mujer no ayudaría en nada de facto, más que al patriarcado mutante.

Por último, algo que considero también importante: muchas reivindicaciones feministas (y de otras luchas sociales) han tenido que ver con la visibilización. Las mujeres como grupo oprimido, entre otras, han vivido la opresión del silencio. De la negación, de la omisión. Sabemos bien que ésta es una forma de violencia nada benevolente. No sólo porque lo que no se nombra no existe, sino también porque las problemáticas, necesidades, injusticias y demás situaciones referentes a este grupo oprimido han sido silenciadas. Las mujeres hemos sido sistemáticamente borradas de la historia. De la política. De la economía. De la cultura en su conjunto. ¿Ahora me van a decir que dejar de nombrar a las mujeres es una estrategia política de lucha contra el patriarcado? No me explico cómo. Me parece que eso únicamente es replicar una de las herramientas más antiguas del patriarcado para subordinar a las mujeres.

Creo que por esto los discursos queers han sido publicitados y fagocitados con mucha facilidad, a diferencia de discursos radicales como el lesbofeminismo, que más bien es constantemente silenciado y deslegitimado, y que siempre ha sido el apestado incluso entre las luchas sociales y de disidencia sexual. Yo sé muy bien que ésa no era originalmente la idea de los movimientos queer/cuir que buscaban ser contestatarios. Pero veo cada vez más claramente cómo el patriarcado mutante ha digerido sus discursos para su propio beneficio y a su servicio.

Por ello no hay que olvidar que las teorías queer provienen de teorías feministas radicales (Monique Wittig fue la primera en decir que las lesbianas no somos mujeres), y que el discurso postcuir se vende como algo innovador y novedoso, que ya no tiene nada que ver con los feminismos. Pero el feminismo como teoría crítica del sistema de sexo-género y del heteropatriarcado es indispensable para toda lucha de disidencia sexual. Sin esta crítica, cualquier teoría se vuelve mercancía fácilmente digerible y distribuíble por el capitalismo heteropatriarcal.

No confundamos la eliminación de los géneros como una finalidad tanto de los feminismos como de las luchas queers/cuirs (hijas del feminismo), que como una estrategia de lucha. El peligro de confundir el fin con los medios.

Así pues, segurié siendo radical porque creo que no hay otra forma de comprender las cosas que no sea desde la raíz, y creo que cualquier crítica superficial sigue siendo complaciente con el sistema y digerible por él, y desde esta postura prefiero reivindicar la desobediencia que la huida. Y mientras exista como categoría de opresión, seguiré hablando del género.

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