[Opinión] La heterosexualidad nos mata

Por Nadia Rosso

@nad_ro

El veinticinco de noviembre es el Día internacional de la eliminación de la violencia hacia las mujeres. Se habla mucho de la violencia de género y de su manifestación más extrema, el feminicidio. Pero hay algo que nadie dice y debe ser dicho: la heterosexualidad nos mata. Pensarán que es una declaración extremista, como les encanta decir. Pues bien, hay pruebas fehacientes, que cualquiera de ustedes puede corroborar en el momento que quiera, de que la heterosexualidad mata diariamente a las mujeres. Dejemos de lado que la heterosexualidad obligatoria coarta nuestra libertad sexual, de elegir nuestra identidad de género y un montón de vejaciones más. Dejemos eso de lado y enfoquémonos hoy en la característica feminicida de la heterosexualidad.

Inicialmente partamos de que la heterosexualidad es un régimen político normativo patriarcal. Porque si no hubiera una jerarquía entre los sexos-géneros, a nadie le importaría normar las prácticas sexuales. La heterosexualidad entonces no es una práctica sexual, es una institución resguardada por el Estado, y reproducida en la cultura.

Por otro lado, sabemos que los feminicidios son asesinatos de odio cometidos contra mujeres por el hecho de ser mujeres. ¿Por el hecho de ser mujeres? Sí, porque en esta sociedad patriarcal la vida de las mujeres no es valiosa. Porque las mujeres están para cumplir con ciertos mandatos y si no lo hacen son castigadas, incluso con la muerte. Recuerdo múltiples casos –leídos en periódicos la semana pasada o en una novela de Oscar Wilde, da igual– en los que el feminicida declara: “La maté porque tenía sucia la cocina”.

La gente suele intentar acallar la inquietante verdad que subyace a estos hechos diciendo: está loco. El número de feminicidios cometidos a lo largo y ancho del mundo puede interpretarse de dos maneras: o hay “demasiados locos” en este mundo, de manera preocupante; o no están precisamente “locos”. Si hay demasiados locos, deberíamos cuestionar qué tipo de sociedad estamos perpetuando que produce tantos, porque las cifras de feminicidio son alarmantes. Una sociedad patriarcal que enseña a los hombres que las mujeres son de su propiedad y que su vida no vale nada, que tienen el derecho de terminar con su vida cuando les plazca y encima, permanecer impunemente libres si lo hacen. Bajo esta premisa, la sociedad patriarcal cría entonces a estos “locos”: machos. Pero los crea en serie, se dedica a educarlos y reforzar su machismo constantemente mediante discursos que circulan en el arte y la cultura, los medios de comunicación, las propias leyes. Pero también, bajo esta premisa, entonces no son “locos”: si la cultura los educa de este modo y todo el sistema se dedica a crear estos imaginarios y construir estos patrones de conducta, entonces los feminicidas no son “locos”. Son simplemente hombres educados y adaptados al sistema patriarcal. “Hijos sanos del patriarcado” diríamos.

Pero ahora bien, dejemos por un momento de hablar de los feminicidas. Hablemos de las mujeres. Por un lado, se sigue invisibilizando el feminicidio y mostrándose como un caso extremo de nota roja periodística. Cosas que pasan en lugares sórdidos, lejanos, de gente transtornada. Pero la realidad es que esto forma parte de la cotidianidad, sucede en todas partes del mundo, del país y de la ciudad de México, en todo tipo de poblaciones: de gente sin educación formal o con doctorado, artistas, intelectuales, empresarios, políticos o comerciantes. Esto sucede en cualquier estrato socioeconómico. Porque el feminicidio es sistemático: tiene que ver con el sistema heterpatriarcal, que permea todos los rincones de nuestra sociedad.

Entro aquí a la parte central de esta reflexión: la arrasadora mayoría de las mujeres son asesinadas por sus parejas y exparejas, familiares o amigos. No por desconocidos. ¿En qué contexto? Como ya dije, en uno en el que se cree que las mujeres son un objeto que los hombres poseen, y como tales, ellos tienen el derecho sobre su libertad, sobre su vida. Y el argumento de la patología de los feminicidas cierra el círculo: las mujeres pensamos que esos eran locos, que “él” nunca haría algo así. Y todas las mujeres víctimas de un feminicidio pensaban que “él” jamás haría algo así. El dramaturgo intelectual, amoroso y sensible, nunca lo haría. Hasta que lo hace.

¿Qué nos lleva a esta situación de guerra en el ámbito más íntimo? ¿Por qué es en el terreno del “amor”, donde supuestamente encontraríamos seguridad y felicidad, donde más peligramos?

La construcción de la heterosexualidad como un mandato ineludible que además se rige por parámetros sexistas y misóginos, normativos y coartadores, nos mata. Porque les dice a los hombres que las mujeres son de su propiedad, que su hombría no tolera la libertad de sus parejas, que su hombría exige lograr la obediencia de las mujeres. Porque nos dice a las mujeres que necesitamos a un hombre para vivir, que necesitamos que un hombre nos “ame”. Por ello, aguantaremos violencias y vejaciones por parte de ellos, para no perderlos, y si decidimos ejercer nuestra libertad y emanciparnos de ellos, corremos el riesgo de ser castigadas, incluso con la muerte. “Si no es mía no es de nadie” es una frase común, incluso considerada romántica, en el sistema heteropatriarcal.

A las mujeres nos coercionan, desde que somos pequeñas, para ser heterosexuales: nos enseñan que nuestra meta en la vida, la realización máxima de nuestra felicidad es casarnos. O tener un hombre, una pareja, un compañero en la vida. Pasamos la vida desesperadamente buscando ese “bien” que estamos obligadas a conseguir y preservar, aunque pueda significar nuestra muerte.

En tanto este sistema siga generando hombres feminicidas y mujeres sumisas que se sientan dependientes de los hombres e incapaces de defenderse, este sistema heterosexual nos sigue matando. La heterosexualidad como mandato normativo que prescribe las relaciones entre los sexos está perpetuando la violencia, el feminicidio.

Las feministas denunciamos siempre esta violencia, pero nadie se atreve a cuestionar la heterosexualidad como parte del sistema feminicida. Y en tanto el sistema heteropatriarcal siga fomentado, legitimando y justificando el feminicidio, la heterosexualidad nos sigue matando.

En tanto la educación heteropatriarcal sigue reproduciéndose y sigamos creyendo que dependemos de los hombres de manera sexo afectiva, seguimos estando en una situación de guerra que nos extermina una a una.

Las mujeres no somos víctimas incapaces de defendernos, somos agentes de transformación con posibilidad de tomar acciones políticas para proteger nuestra integridad, nuestra libertad y nuestra vida. Como tal, muchas mujeres hemos optado por dejar de relacionarnos con hombres, porque hemos entendido que no necesitamos de los hombres para ser felices. Y en tanto no los necesitamos, nos relacionamos en cambio con nuestra pares, con las mujeres. Y nos relacionamos entre nosotras mediante la conciencia crítica del feminismo: deconstruyendo, reflexionando, construyendo y transformando juntas. Porque sabemos que podemos eludir el mandato de heterosexualidad obligatoria y así subvertir un sistema que nos orilla al sitio más vulnerable para nuestras vidas: la heteronormatividad patriarcal y feminicida.

La heterosexualidad nos está matando, y mientras así sea, no seremos heterosexuales nunca más.

Be the first to comment

Leave a Reply

Your email address will not be published.


*