[OPINIÓN] Del 68 al siglo XXI. Juventud y empleo

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Héctor Gutiérrez Magaña

Durante la explosión del cuestionamiento de la juventud al sistema mundial de los sesentas, mucho tuvo que ver en los países de Occidente la negativa de los estudiantes a reproducir un modelo de trabajo que les imponía la sociedad. Las trayectorias rígidas de la vida y la reproducción de los valores culturales fueron cuestionados por limitar la creatividad y la libertad, pilares de la democracia y el pluralismo.

Actualmente las generaciones de juventudes ya no conocen aquel modelo de trabajo que se diseñó desde el estado para corporativizar a la sociedad, las generaciones actuales ni siquiera conocen los beneficios que la lucha internacional de los trabajadores, la cual conmemoramos el pasado primero de mayo y que consiguió a costa incluso de sangre.

La situación de exclusión de los jóvenes en la sociedad, por todo el globo, se hace presente en este nuevo siglo, los jóvenes que no pueden acceder a opciones laborales y escolares no son un problema exclusivo de México, aunque se acentúe con mayor presencia en nuestro país, es la expresión de un modelo que seguimos suscribiendo, donde la necesidad de acumulación para los grandes capitales está acabando con los recursos humanos y naturales de nuestra nación.

En el 2010 el desempleo juvenil en el mundo alcanzó un nivel de 81 millones de desocupados, siendo el más alto de la historia y en voz de la OIT estamos ante el riesgo de una generación perdida.Ya en 2006 en América Latina la tasa de desocupación de jóvenes entre los 15 y 24 años alcanzaba el 18.4%, lo equivalente al doble del desempleo promedio, Victor Tockman señala la condición de asimetría entre el desempleo juvenil y el adulto, presentando que cuando hay desaceleración o contracción de la economía, los jóvenes son los que más impacto reciben, o sea, son los más fáciles de prescindir.

En la región latinoamericana, Rossana Reguillo declaró que existen, con base en datos de la CEPAL, 8 millones de pobres entre Brasil México y Colombia, teniendo casos como Honduras donde el desempleo juvenil alcanza el 70 por ciento, siendo esta cifra mayor en el caso de jóvenes indígenas y en las mujeres. La exclusión indígena en México revela que solo una quinta parte de esta población entre 15 y 24 años estudia.

Y es que la situación no mejora mucho si se cuenta con algún tipo de empleo, 28 por ciento de los jóvenes que trabajan en el país viven en pobreza extrema, si a esto agregamos la cantidad de empleos en condiciones precarias que existen y que ahora buscan ser avaladas por la ley, el panorama del empleo es como nunca, gris y desesperanzador para esta generación.

Paradójicamente, ésta es la generación que mejor está preparada para manejarse en la sociedad de la información, estas generaciones tienen en promedio cuatro años más de educación formal que sus padres, más capacidad de adaptación a las nuevas culturas del trabajo y las condiciones del mismo, mayor manejo de tecnologías. Los jóvenes tienen todas las herramientas para manejar el mundo, pero no son dueños de su destino.

El repudio de la generación contestataria de los 60 era contra un modelo de productividad, contra un modelo de trabajo lineal, disciplinado, orientado en función de los intereses del Estado y la acumulación, la protesta también se extendía por la democracia, por los derechos humanos, por la inclusión social en el diseño de la vida de la comunidad; en México la respuesta fue la muerte.

La juventud está siendo arrinconada nuevamente a un destino impuesto, esta vez la falta de soportes para realizarse, así como la informalidad, la piratería, la construcción de alternativas para vivir de manera digna, son atacadas con mensajes moralistas y lanzando las culpas siempre a esa invención del mundo moderno llamada juventud, que fue necesaria para impulsar el crecimiento económico y ahora es relegada para continuarlo. Si el panorama no es valorado o la necesidad no nos orilla a un nuevo replanteo del trabajo, no necesitamos esperar mucho, el presente ya está cobrando facturas.