Leke: ropa y bienestar social

Montserrat Pérez

Foto: Montserrat Pérez

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Hoy en día se habla muy frecuentemente del concepto de Responsabilidad Social Empresarial (RSE). Es algo que, en muchas ocasiones, se demuestra por medio de una certificación y un sello en los productos, pero el cual puede resultar también ambiguo en algunos casos.

No hay una sola definición de RSE, en realidad, se pueden encontrar muchísimos. Sin embargo, uno de los puntos principales es el vínculo de las empresas con su entorno, para mejorarlo y hacerlo crecer. Es una forma de regresar tanto a la comunidad que las rodea, como a los empleados quienes laboran en ellas.

Las formas en las cuales la RSE se presenta son múltiples y dependen, en gran medida, de la cultura y estrategias de la organización. Sin embargo, ¿qué pasa cuando ésta se da sin saberlo, cuando es, simplemente, la forma de ser de quienes la fundaron y, por ello, las cosas se dan?

Una pequeña empresa de ropa para danza: Leke, practica una forma de responsabilidad social muy natural. No hay un sello que la indique, ni un reconocimiento formal de su labor, pero sí de los clientes, gran parte conformada por jóvenes bailarines, quienes saben que los precios no son un impedimento para verse y sentirse bien.

Todos en la tienda corren de un lado a otro. Hay muchos clientes, quienes, en el pequeño espacio donde está la ropa y unas bancas, no esperan a que otros salgan del probador para ver si las piezas les quedan. Telas de diversos colores y texturas se asoman de las repisas y de los ganchos. Hay pantalones anchos, vestidos, suéteres, leotardos, así como modelos híbridos que son desenrollados para ver si son del agrado de quien los observa.

La puerta del taller está abierta, ahí también hay movimiento: tijeras cortan las telas, las máquinas de coser las zurcen, hay estambres e hilos acomodados y sobre las amplias mesas de trabajo. Mitzy y Fredy, cofundadores y socios de Leke, están ocupados, ella atiende a los clientes junto a su mamá, doña Ana María Ramírez.

Él, mientras tanto, con un lápiz tras la oreja y un estuche con todas sus herramientas de trabajo en pierna derecha, da instrucciones y trabaja sobre los diseños. Cuando al fin tiene un momento,  el indígena mixteco, de ahora 33 años, se da un tiempo para hablar sobre esa muy pequeña empresa, pero con una visión de ser mucho muy grande.

Fredy Campos Solano, llegó al Distrito Federal desde su natal Guerrero hace 9 años. Estudió danza, aunque, como señala al inicio de la conversación, primero quería estudiar Medicina. “No pasé el examen. En mi tierra yo había hecho danza tradicional y me encontré con que me gustaba la danza, me quedé y estudié en la Academia de Danza Mexicana”.

“Al principio desconocía totalmente la ropa con la que se practicaba la danza, en forma y de forma profesional, entonces me era un poco difícil adquirir las prendas porque se me hacían muy caras”. No obstante, las cosas cambiaron: “Una maestra nos invitó a ver vestuarios y me encontré con el dueño de un taller de ropa para danza, paisano de Guerrero y, a partir de ahí nos empezamos a hablar”.

Ahí encontró empleo en el taller, del cual fue despedido al poco tiempo (dos meses después), pero donde encontró una inspiración, pues se dio cuenta que podía realizar sus propios diseños. “Ya con ese conocimiento de las prendas, más o menos escuchaba donde las compraban, los hilos y además qué tipo de máquinas que se necesitaban para hacer eso, ahorré y me compré una maquina pequeña.”

En un principio, hacía ropa para él, para sus clases y su desempeño como bailarín. Después conoció a Mitzy Dávalos Ramírez, su actual novia y su máquina de coser trabajó para ambos. Comencé a hacer ropa para ella y para mí. Los compañeros de ella y los míos nos decían que les gustaba una playera o un pantalón y así fue como empezamos, en la escuela”.

Sus primeros clientes encontraban en la vestimenta elementos de comodidad y estética que otras prendas no les daban, es una oportunidad de sentirse a gusto y verse bien. “La cuestión económica a veces no permite. Hay muchos que estudian, trabajan y se tienen que transportar. Es una opción para quienes tengan que cambiar de un lugar a otro, sin verse ‘fodongos’”.

Además de los costos accesibles, los cuales se mantienen a la fecha y no piensan cambiar.“Nuestros costos son justos. No podemos elevarlos, porque nos concentramos en la gente, en los bailarines. Su situación económica no es tan estable”.

La evolución de Leke fue rápida, pues sus conocidos fueron esparciendo la información sobre la ropa. “Nos fuimos haciendo un poco más de espacio, porque íbamos a los talleres de danza a tomar una clase o a bailar y ahí mismo ofrecíamos lo que hacíamos. Iniciamos eso hace como 6 años”.

Así fue como hace tres años todo se formalizó: el 8 de agosto de 2008 abrieron la tienda. Ahora no sólo se enfocan en los bailarines, pues su clientela se ha diversificado con el tiempo y no importa si es para realizar una actividad física o para descansar, la ropa de Leke los espera.

Una de las peculiaridades de Leke, además de su nombre, es que, en el taller, sólo se emplean indígenas que vengan de fuera del Distrito Federal. La experiencia de Fredy fue uno de los puntos clave para que esto sucediera, pues se dio cuenta que las oportunidades de empleo se limitaban a la industria constructora y actividades “rudas”.

“Traemos la idea de que vamos a tener una mejor calidad de vida, pero nuestro primer trabajo, de los hombres, es más bien de ‘chalaneo’”. No obstante, esa mejoría en su calidad de vida no sucede, por lo menos de inmediato. A las mujeres, como a los hombres, también se les paga mal por empleos que requieren de muchas horas.

Dentro de los objetivos de la empresa se encuentra precisamente la contratación y capacitación de estos indígenas. Hoy en día hay dos mujeres, “chavas”, chinantecas de Oaxaca y un hombre mixe, del mismo estado. El otro requerimiento para laborar ahí es no tener experiencia, pues, explica, es mejor para que aprendan a hacer las prendas con los requisitos necesarios.

Todo esto lo hacen porque entienden de manera muy cercana esta experiencia. “Por eso, porque creemos que somos los más desprotegidos,  aún hasta nuestros días hay discriminación, queremos crear fuentes de trabajo para darles una mejor calidad de vida”.

Los horarios de trabajo son flexibles, además deque antes contaban con servicio de comedor para el almuerzo y la comida. Esto ya no sucede, pero Fredy añora su regreso, pues era la oportunidad de una convivencia, para el intercambio de ideas y el conocimiento de las necesidades y hasta del propio significado de “calidad de vida”. “Me gustaría hacerlo de nuevo, pero que sea algo opcional”, explica.

El futuro de Leke está lleno de planes. Uno de ellos es un espacio más grande para poder tener el taller, un comedor, la tienda y también un salón de ensayo para bailarines, el cual funcionaría por medio de un singular intercambio. “Que, a cambio, donen una hora a la semana para dar clases a los trabajadores”.

Antes él mismo les daba un estiramiento o una clase, pero esto comenzó a ser un problema porque no a todos les gustaba o los tiempos no lo permitían, lo cual no quiere que vuelva a suceder. “Lo queremos tomar como un requisito para entrar, que dancen, aunque lo hagan en sus propios horarios”.

Otra idea que quieren realizar son “residencias artísticas”. El mismo contacto con el medio de la danza los mantiene cerca de bailarines quienes no residen en el Distrito Federal, pero vienen a talleres, cursos, o clases. El objetivo es que tengan un lugar donde quedarse sólo por una pequeña cuota.  Ya tienen la experiencia de recibirlos, aunque les gustaría tener más espacios y condiciones.

Asimismo, en correspondencia a su otra pasión, la música, quieren abrir una casa para estudiantes. “A nosotros nos encanta la música y nos hemos encontrado con niños que son muy talentosos, pero no tienen la posibilidad de salir de su pueblo y seguir estudiando”.

La casa sería el lugar donde se recibiría a todos estos jóvenes talentos, pero no se limitarían sólo a la música, sino también estaría abierta a todo tipo de artistas en formación. “Lo que todos los días me levanta es eso. Sí se necesita mucha lana, pero yo creo que en unos 10 años, 15 años sí podemos lograrlo”.

Más allá de los planes para el futuro, lo que ha hecho llegar a Leke tan lejos ha sido el trabajo en equipo. Él y Mitzy se complementan para hacer las cosas. “Las ideas se basan en las decisiones de ella. Yo soy el que sabe hacer en la máquina y ella me dice si sí o no”.

Además, la visión de dos mundos distintos también permite que camine el negocio. “Yo tengo mis ideas de allá y ella tiene las de aquí”. No obstante, esto mismo es una oportunidad de ir hacia nuevos proyectos, de entenderse, todo esto, además, se alimenta con el trabajo de la señora Ana María, madre de Mitzy.

A todo esto: ¿qué significa Leke? La respuesta es “huesos”. El “abuelito” un hombre a quien considera como padre y quien cambió su vida radicalmente, le explicó que, para él,  los huesos son el sustento de la vida. Narra cómo cuando los mixtecos hablan en su lengua materna y se sienten felices no se refieren a ellos como personas, sino a “algo más adentro” “Ellos dicen: está bien feliz mi alma o bien feliz mi corazón”.

Las cosas que los hacen felices están en el entorno, da el ejemplo del nacimiento de un becerrito, “no es algo personal”. Eso se lo contaba su abuelo, pero la enseñanza ha ido más allá, lo cual se nota en las respuestas de Fredy, pocas veces habla de sí mismo en singular. Sus respuestas hablan de un “nosotros” y de propósitos más grandes. Lleva sus ideales en los huesos y los imprime en su labor diaria, que se pega suavemente a la piel de quienes compran su ropa.