[Al compás de la ciudad] ¿A ti y a mí nos engañaron?

Al compás de la ciudad

¿A ti y a mí nos engañaron?

Gerardo Castillo Antúnez

@Geritzcuintle

voces@impetumexico.org

Desde niños a ti y a mí nos impusieron, nos obligaron, nos hicieron creer que yendo a la escuela íbamos a tener un mejor futuro, que la escuela sirve para tener un mejor trabajo y por ende, a diferencia de tus padres, una mejor calidad de vida. La idea de pensar que a mayor grado de estudios mayor sería tu nivel de ingresos no era tan descabellada para nosotros y nuestros padres.

De acuerdo al sociólogo francés Emilie Durkheim, la educación es la acción ejercida de las generaciones adultas sobre las generaciones jóvenes que no se encuentran listas para la vida social. Entendiendo obviamente que la educación no proviene en su totalidad por parte del sistema escolar, es necesario tener en cuenta ciertos elementos externos como la familia y el contexto sociocultural (medios de comunicación, arte y el barrio) del individuo para entender por qué creemos que la educación nos garantizará un mejor futuro.

En este sentido la familia como primer “transmisor de educación” y posteriormente la vida social y cultural, nos “heredaron” la idea de que si estudias más vas a lograr un ingreso económico elevado. Los padres realizan mayúsculos esfuerzos para que sus hijos terminen el bachillerato y después ingresen a la universidad para que al salir hagan realidad sus sueños.

La realidad es que al egresar de las universidades los jóvenes que piensan de acuerdo a la lógica “más educación (licenciatura, diplomado, idiomas, maestría) mayor oportunidad en el mercado laboral” reciben un golpe a sus expectativas debido a que no encuentran trabajo y si lo encuentran es de medio tiempo o temporal, trabajo precario. Se dice que las generaciones de ahora están más preparadas que antes, eso me hace pensar que deberían encontrar trabajo mejor pagado o por lo menos más rápido que los que no se “prepararon”.

Un informe presentado por la Oficina Internacional del Trabajo en el 2012, menciona que  la tasa de desempleo ha aumentado en los jóvenes significativamente desde la  última crisis económica. En algunos casos los recién egresados al no encontrar trabajo vuelven a la escuela, a prepararse más y posponen así su ingreso al mundo laboral, pero algunos (la mayoría) buscan “otro camino”, para ejemplificar me permito citar una parte de dicho informe “la transición de la escuela al trabajo también puede incluir fases de desempleo o periodos de empleo temporal u ocasional, si tales oportunidades surgen, mientras que al final lo más probable es que los jóvenes terminen trabajando por cuenta propia”.

Es necesario añadir a esta problemática  la gran cantidad de jóvenes que no pueden ingresar a la universidad y tampoco encuentran trabajo, los jóvenes que un día decidieron bautizar y estigmatizar como ninis. De acuerdo a una nota publicada el pasado 16 de julio en El Universal, sólo 6,500 alumnos de 62,682 que presentaron su examen de admisión a la UNAM en la última convocatoria lograron su ingreso a una de las 99 licenciaturas que ofrece la máxima casa de estudios. La UNAM no es la única universidad pública en la ciudad (aunque sí la más demandada) si tomamos en cuenta la UAM, el Poli y la UACM la cantidad de rechazados aumenta ampliamente.

Y es que la educación ya no nos garantiza nada, no se trata de estar mejor preparado, ni mejor calificado para realizar un trabajo. Se trata crear fuentes de empleo donde los jóvenes se puedan insertar. ¿De qué nos sirve tener un montón de gente con estudios de licenciatura y posgrado? si no hay donde puedan trabajar, más que en dado caso reproduciendo su condición con la docencia. Se necesita crear empleos de manera urgente, empleo no parcial ni de medio tiempo. Pero para realizar eso, una vez más debes cambiar al sistema de fondo.

Fuentes:

1)      ROITMAN, M (2012). El mito de la juventud mejor preparada. La Jornada. 14 de Julio del 2012. http://www.jornada.unam.mx/2012/07/14/opinion/022a1mun

2)      Durkheim Emilie, Educación y sociología. Colofón, México, 1996. pp. 62.

La opinión expresada en esta columna es responsabilidad del autor